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no sé escribir pero quién sí sabe?
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viernes, agosto 21

me duele el pulmón, amigx, me voy a morir.

 Me duele el pulmón, pero no sé cómo explicarlo. Me duele y me punza, me duele y no me deja. Cuando me duele el pulmón, me empieza a doler el alma. Empieza desde la escena microscópica hasta la invasión macroscópica. Me duele. Me duele el pulmón y siento que me ahogo, y entre más siento que me ahogo, ¡peor!, siento que me hundo en un charco, no respiro, no soy. 

Una vez hace muchos meses, casi me ahogo en un vaso de agua, una jarra de agua en realidad, tenía un color parduzco, amarillento. Heisengberg me dijo que era infección, y yo empezaba a toser, el agua tibia recorriendo el tubo. De la aguja al tubo del tubo a la jarra. Me ahogo y siento que me comprimo, me apeñuzco y me muero. Me vuelvo orgánica e hiperconsciente y cuando me vuelvo hiperconsciente, me quedo catatónica. Me acurruco en una parte de algún lado y meto mi cabeza entre mis piernas mientras lloro aunandole a la falta de aire, una amalgama de partes de un cuerpo que se niega a separarse en una explosión, implosión. Me duele el pulmón y no quiero que me duela.

Se siente como un ruido sordo, un golpe que no existe, creo que no es ni el pulmón, es el páncreas que toca el pulmón y me destruye y pronto, pronto, tendré un pneumotórax y luego luego, un pleurevac con colores de vitrales, subiendo y bajando con agua parduzca, con olor a putrefacción, una cama pintada de necrosis color tarde, un tubo de cierto porcentaje de pvc, tubo que se siente como una espada, una daga, un seppuku, una bolsa llena de piedras saltando al ritmo del punk. 

Cierro los ojos deseando que desaparezca, sin ayuda de nada, así como empezó. Así por lo menos ahora, que estoy sola nadie se da cuenta, nadie me va a mirar así como pasaba antes, gente dándose cuenta que soy un fenómeno que no sabe respirar. A veces olvido como respirar y me doy cuenta cuando ya no tengo oxígeno, entonces tomo un respiro profundo y llega el dolor incluso aunque haya espacio y las siluetas estén completas. Quizá eso explicaría que a veces me desmayo en la calle, que fue mi culpa por no ser normal, que cuando me levanto de semejante golpe estúpido no van a haber rostros cercanos preguntándome dónde está mi mamá. Mi mamá no puede cuidarme toda la vida, entonces intento cuidarme yo aunque fracase estrepitosamente. Mi papá no puede preocuparse más y mirarme con asombro. No hay ventiladores disponibles, ni puedo acostarme boca abajo, ni puedo poder. Me duele el pulmón, me ahogo, me siento a comer. 

martes, marzo 10

La Silla Cohete


Era un día caluroso pero dentro de mi cuerpo y yo estaba sentada en una silla de ruedas. Había nacido un montón de pelo por todas partes y todo todo era rizado. Claramente, con lo agobiada que estaba, busqué la manera de arrancarlo, pero como estaba en silla de ruedas lo único que pude hacer fue mirarlo crecer y extenderse por todo mi cuerpo. No entendía por qué era rizado tampoco. Mi cabello siempre había sido liso, tan liso que era imposible que tomara forma. Incluso aunque odiara las cosas sin forma, siempre siempre había sido sin forma. Caído, como aplastado, sin volumen, nada pesado. Cualquiera diría que eso no eran desventajas pero la verdad a mi no me importaba mucho. Me hacía, bueno, me hace y ME HACE, parecer sin personalidad. Por más que intento hacer algo lo único que hace este cabello es caerse. Pero ahora, estaba naciendo rizado y creo que ni rizado, como machacado con rizos. No sé cómo crear esa imagen por más que suene absurda pero era cómo coger un pedazo de fique que quería ser lo que siempre había querido pero ahora sólo existía de manera horrible. Y me miraba y me miraba al espejo y por más que dijera que había nacido un montón de pelo en todas partes eso sólo fue una cosa tardía. Antes, antes, en la silla de ruedas fui cómo una rana, un poco calva, la verdad demasiado a excepción de las piernas. Supongo, que toda esta situación no se entiende por cómo la escribo. Intentaría recapitular pero tampoco me importa porque esto es de mi para mi y por mi. Una vez esa silla, la que no tenía una pata para la pata, se convirtió en un cohete. Una vez en 2018 dibujé una silla cohete. Por alguna razón, me gustaba dibujar sillas para mi psicólogo. Sillas, gatos, ojos siempre y caras, pero bueno, no fui yo quién la transformó en una silla cohete. Sergio, se llamaba Sergio y era mi camillero favorito.

Paz, osease yo, llevaba como dos horas llorando. Quién sabe de dónde salían lágrimas, pero salieron. Ese día me había ahogado intentando caminar. Mi abuela estaba enferma, y más tarde en esta historia, muerta, y pues sólo estaba llorando desconsolada. La cosa es que el dolor precedía mis lamentos. Tenía el estómago vendado, oxígeno, la piel pálida y caída, podía notar los huesos de mi cadera y los huesos saliendo de la espalda. Era cómo un dragón huesudo. Mi pelo verde, se había vuelto como digo, como de fique y mi mamá me miraba con decepción desde la silla en la que pasaba la mayoría del tiempo. La miraba pararse con gracia y yo aquí atrapada en mi cama océano, tenía un pañal puesto y encima unos panties de ancianita y llegó Sergio y yo empecé a llorar. La desconexión que siento con ese personaje es absoluta, digamos que había vuelto al huevo, me faltaba hasta untarme de la clara, de la placenta y volverme del tamaño en que nací. Lloraba por comida, lloraba por oxígeno, lloraba porque existía, ¿lloran los bebes porque existen?, no lo sé, creo que no, creo que como los perros de pronto ni se dan cuenta que existen cómo yo existo pero bueno, existo. El caso es que llegó Sergio y yo empecé a llorar.
Sergio de inmediato, me dijo que no llorara, que íbamos para una radiografía. Otra radiografía. A este paso, ya era radiactiva. Anoche, como a las 4 am, me habían despertado de mi sueño narcoléptico para ir a una y esta vez no me hicieron parar, sentí el tablón que coges con las manos atravesarme como los rayos equis. Hoy Sergio me alzó y eso también me hacía llorar, me hacía sentir cómo un becerrito recién nacido que no se sabe parar, que tampoco pesa, y a mi que tanto me pesaba el alma.
Mi mamá le contó sobre mi triste estado pero yo tenía las orejas cómo tapadas, los ojos cansados, le dije que quería correr, irme de ahí, vaya a saber a qué, pero ser libre, y no me refería a las paredes blancas y los bordes biselados en madera crema del hospital, me refería a este cuerpo. ¡Sergio me agobian yunques en las rodillas y yunques en la frente! y Sergio dijo que me divertiría. Empezó a volver la silla cohete, empezó a onomatopeyizar: "¡prr prr, prrrrrrrrr!" y la silla iba rápido conmigo, y las lágrimas se las llevó el viento imaginario, y mi cabello se volvió azul oscuro y la piel dejó de estar seca, y me decía: “¿Más rápido Paulita?” y yo sólo empecé a llorar aún más. Sergio: No soy Paula, soy Paz y tengo 20 años, y estoy jugando a la silla cohete. Frente al ascensor, a la silla se le cayeron las ruedas, empezó a rechinar. En el espejo del ascensor, entristecí al pobre Sergio, Paula en pijama estaba ahí, los ojos rojos y la mirada desgastada saludaron a Heisengberg en el pasillo y empecé a escupir pelo rizado por los ojos.