Era un día
caluroso pero dentro de mi cuerpo y yo estaba sentada en una silla de ruedas.
Había nacido un montón de pelo por todas partes y todo todo era rizado. Claramente,
con lo agobiada que estaba, busqué la manera de arrancarlo, pero como estaba en
silla de ruedas lo único que pude hacer fue mirarlo crecer y extenderse por
todo mi cuerpo. No entendía por qué era rizado tampoco. Mi cabello siempre
había sido liso, tan liso que era imposible que tomara forma. Incluso aunque
odiara las cosas sin forma, siempre siempre había sido sin forma. Caído, como
aplastado, sin volumen, nada pesado. Cualquiera diría que eso no eran
desventajas pero la verdad a mi no me importaba mucho. Me hacía, bueno, me hace y ME HACE, parecer sin personalidad. Por más que intento hacer algo lo único que
hace este cabello es caerse. Pero ahora, estaba naciendo rizado y creo que ni
rizado, como machacado con rizos. No sé cómo crear esa imagen por más que suene
absurda pero era cómo coger un pedazo de fique que quería ser lo que siempre
había querido pero ahora sólo existía de manera horrible. Y me miraba y me
miraba al espejo y por más que dijera que había nacido un montón de pelo en
todas partes eso sólo fue una cosa tardía. Antes, antes, en la silla de ruedas
fui cómo una rana, un poco calva, la verdad demasiado a excepción de las
piernas. Supongo, que toda esta situación no se entiende por cómo la escribo. Intentaría
recapitular pero tampoco me importa porque esto es de mi para mi y por mi. Una vez
esa silla, la que no tenía una pata para la pata, se convirtió en un cohete.
Una vez en 2018 dibujé una silla cohete. Por alguna razón, me gustaba dibujar
sillas para mi psicólogo. Sillas, gatos, ojos siempre y caras, pero bueno, no fui yo quién la
transformó en una silla cohete. Sergio, se llamaba Sergio y era mi camillero
favorito.
Paz, osease
yo, llevaba como dos horas llorando. Quién sabe de dónde salían lágrimas, pero
salieron. Ese día me había ahogado intentando caminar. Mi abuela estaba enferma,
y más tarde en esta historia, muerta, y pues sólo estaba llorando desconsolada. La cosa es que el dolor precedía mis lamentos. Tenía el estómago vendado, oxígeno, la piel pálida
y caída, podía notar los huesos de mi cadera y los huesos saliendo de la
espalda. Era cómo un dragón huesudo. Mi pelo verde, se había vuelto como digo,
como de fique y mi mamá me miraba con decepción desde la silla en la que pasaba
la mayoría del tiempo. La miraba pararse con gracia y yo aquí atrapada en mi
cama océano, tenía un pañal puesto y encima unos panties de ancianita y llegó
Sergio y yo empecé a llorar. La desconexión que siento con ese personaje es absoluta,
digamos que había vuelto al huevo, me faltaba hasta untarme de la clara, de la
placenta y volverme del tamaño en que nací. Lloraba por comida, lloraba por
oxígeno, lloraba porque existía, ¿lloran los bebes porque existen?, no lo sé,
creo que no, creo que como los perros de pronto ni se dan cuenta que existen
cómo yo existo pero bueno, existo. El caso es que llegó Sergio y yo empecé a llorar.
Sergio de
inmediato, me dijo que no llorara, que íbamos para una radiografía. Otra radiografía. A este paso, ya era radiactiva. Anoche, como a las 4 am, me habían
despertado de mi sueño narcoléptico para ir a una y esta vez no me hicieron
parar, sentí el tablón que coges con las manos atravesarme como los rayos
equis. Hoy Sergio me alzó y eso también me hacía llorar, me hacía sentir cómo un
becerrito recién nacido que no se sabe parar, que tampoco pesa, y a mi que
tanto me pesaba el alma.
Mi mamá le
contó sobre mi triste estado pero yo tenía las orejas cómo tapadas, los ojos cansados, le
dije que quería correr, irme de ahí, vaya a saber a qué, pero ser libre, y no
me refería a las paredes blancas y los bordes biselados en madera crema del hospital, me
refería a este cuerpo. ¡Sergio me agobian yunques en las rodillas y yunques en
la frente! y Sergio dijo que me divertiría. Empezó a volver la silla cohete,
empezó a onomatopeyizar: "¡prr prr, prrrrrrrrr!" y la silla iba rápido conmigo, y
las lágrimas se las llevó el viento imaginario, y mi cabello se volvió azul
oscuro y la piel dejó de estar seca, y me decía: “¿Más rápido Paulita?” y yo
sólo empecé a llorar aún más. Sergio: No soy Paula, soy Paz y tengo 20 años, y estoy jugando a la silla cohete.
Frente al ascensor, a la silla se le cayeron las ruedas, empezó a rechinar. En
el espejo del ascensor, entristecí al pobre Sergio, Paula en pijama estaba ahí,
los ojos rojos y la mirada desgastada saludaron a Heisengberg en el pasillo y
empecé a escupir pelo rizado por los ojos.
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nadita