Tengo cortado el esfinter de Oddi, o eso entiendo. No lo siento. Hay muchas cosas que no siento y que me preocupa no sentir. Soy egoísta, puedo serlo, y sin embargo, no lo soy siempre con los demás. Me pongo por encima, pero no paso por encima de los demás. La vida intenta apachurrarme de tantas formas que la mayoría del tiempo me pregunto si no sentir el esfinter de Oddi cortado, sea lo que sea que haga un esfinter de Oddi cortado, es algo malo. No siento celos, siento envidia, no siento rabia, siento frustración, decepción y fastidio. Me pregunto hasta cuándo mi simpatía, mi empatía, mi comprensión o mi cariño se convierten en abnegación pusilánime. Ya he sido abusada, ignorada, golpeada y violentada por el destino y parece que siempre el destino quiere más, más sufrimiento. Todas esas veces que le doy una oportunidad a la vida, me encuentro a mi misma estrellándome con una pared. Siento como si la vida me quisiera muerta, como Rousseau caminando y pensando en "nací para vivir y muero sin haber vivido".
Y esa es la peor parte, que no me importa. No lo siento. No importa cuanto el mundo intente apachurrarme, encerrarme, herirme, pisotearme, golpearme, siempre, después de todo, salió el sol o la luna, el viento o el mar. Siempre hubo una primera vez de comer arroz sin sal y llorar por estar masticando después de dos meses, mi gato en mi pecho recordándome que los ataques de pánico duran tres días pero no son eternos. Que hubo un tiempo en el que tomaba como 50 antidepresivos pero ya no. Heisenberg se hubiera reído y yo también me río. Si nadie me va a comprar unas hijueputas azucenas, me las compro yo. Si a la gente le parece chistoso perderme, me pierdo para ver como siempre vuelven. Si luego se me olvida, se lo recuerdo a los demás y si la luz que emito hace que yo me quede sin ella, al menos sé que la di. Que tal vez Ahuyama tenía razón cuando dijo borracha que nadie me merece y que cada vez que bendiga la maldita vida de alguien con mi presencia, espero que tenga presente que soy una bendición. Amén.