Siempre he sido una envidiosa, nunca he poseído la capacidad de apreciar lo que el
destino me ha dado. Todo siempre ha tenido un pero, un no, un "esto está
mal", una queja, todo siempre era feo e invivible, y bien sé ahora que
era una estúpida desagradecida y sigo siendo una envidiosa, aún peor.
Me da envidia ver a los niños saltando
porque a mi ya se me olvidó saltar, me da rabia cuando mis amigos se
quejan de sus vidas cuando tienen sus cuerpos perfectos, incluso aunque
solía quejarme de la gente que usaba ese argumento para que yo no me
quejara, lo entiendo, lo acepto, no hay nada peor que estar incompleto,
mentalmente y físicamente sobretodo.
Lo mental tiene pérdida, es un
viacrusis sin dolor, es un dolor fantasma, como que duele el corazón
pero sin doler, a excepción de los ataques de pánico, podía caminar y
medio calmar ese rompimiento, con música, con animales, sentandome en la
biblioteca, con comida, con la libertad de usar el vaso como se me daba
la puta gana.
Mi cuerpo no poseia talentos
milagrosos, a decir verdad se me daban muy mal todas las cosas, no sabía
bailar, era torpe y los deportes me daban miedo, pero servía. Las
escaleras no eran el Everest, la comida hacía proceso de digestión, bien
si era un litro de helado mejor si era espinaca hervida, no necesitaba
sostenes, me podía sostener yo.
Y ahí está el dolor mental, ¿por qué
siempre tengo que pensar en el pasado como un mejor presente?, ¿por qué?
¿por qué? ¿por qué?
Ahora soy un vaso roto.
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nadita